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Aún", es el título del libro recopilatorio de toda la poesía hasta ahora publicada de Carlos Roberto Gómez, poeta y editor de la Editorial Isla Negra en Puerto Rico. La calidad de este poeta es evidente y nos sorprende que sea casi un desconocido fuera de su isla. La poesía de Gómez presenta un trasfondo común: la pugna interior por superar el destino de la errancia. Ese grito de desarraigo en Carlos no es el de un "whiner", ni es el grito narcisista del ego que clama por su propio peculio, sino un lamento personal y elegíaco de epifanías premonitorias, al estilo del Talmud. Aunque el poeta se muestra desgarrado y vulnerable sabe salir ileso de la conmiseración gratuita, porque su lenguaje accesible y directo, a veces contemplativo y con cierto elemento de sorpresa sabe llegar al lector y le hace sentir como si él le hablara personalmente. Tampoco ha de creerse que la sencillez de sus versos tienden al facilismo, muy al contrario, lo suyo es abrir el telón y ofrecer una cirugía de pecho abierto, de ganglio y venas afuera, de tripas al corazón, que muestra en donde los coágulos de la sangre que definen el vivir posmodernista inmovilizan los signos vitales de la realidad.
I La errancia y el yo fragmentado.
El yo postmoderno volátil e impredecible es el péndulo que oscila intermitente en los versos y la imaginación del poeta:
"Bajo la tierra la semilla de la luz espera una señal inexistente. Es el café que no endulzamos, la piel que no llegamos a tocar, los objetos que nunca ocuparon espacio, y sin embargo nos pertenecen, invisiblemente, como a un ciego su paisaje y su mitológica esperanza."
Esa 'señal inexistente' es la identidad del hombre postmoderno, el todo escindiéndose ante sus ojos en miles de partículas sin saber afrontarlo, sino como un ciego que trata de hallar en el paisaje en sombras "su mitológica esperanza". Ya Erick Erison y Kondo en la década de los 60 alertaban sobre " el yo como una compilación de múltiples influencias, expectativas pasadas, presentes y futuras; y sobre el yo fragmentado, descentrado, que no existe en un único núcleo interno inquebrantable del ser postmoderno." Con semejanzas a "El hombre sin atributos" de Musil, y al "Individuo-dividuum" de Ulrich cuya unidad está perdida, "si la vida ya no habita en la totalidad, si las totalidades han estallado, tampoco hay posibilidad de decir algo del yo, que se transforma asimismo en fragmento estallado. Por ello tal vez todo decir del yo sea dejar al sujeto como límite-marco de toda palabra." Nos recuerda M. Cranolini en su estudio sobre la errancia. Y ese límite-marco es el que utiliza de referencia el poeta en sus versos cuando confiesa:
"Sin sentido ya. Bajo la sombra de un silencio Cobijados Indefensos Como esperando el final de este poema Fabricamos vidas ajenas. Y besos de húmedas maderas."
La fabricación de vidas ajenas implica el desdoblamiento del yo en entidades irreconocibles, y fragmentos que buscan el todo sin lograrlo. El beso de maderas húmedas explica el influjo de la indiferencia, la soledad y la automarginación involuntaria del ser, redefinido y moldeado a la luz del sin sentido, beso que se vuelve resina en la piel y agudiza la inmovilización el yo. Ese hombre que se destila al través del yo lírico del poeta no es solo un ser alienado, que es un concepto tan viejo como Matusalén, es el hombre fragmentarizado, clamando por el azogue que le devuelva al núcleo de su raíz. Es el hombre atrincherado en la propia frontera de su inutilidad, el hombre que sabe y pretende no saber lo que le ha de deparar el hado a cada salida del sol, aunque no se resiste a dicho sortilegio, busca dentro suyo como en una oscura caverna, la luz preclara, su "mitológica esperanza". Esa búsqueda es por supuesto una formalidad, pues de antemano adivina como fallido cualquier intento de aprehenderla. Como leemos en este verso:
"Un hombre que no alcanzo a repetir sin pudor, Me lleva de vuelta A una oscura caverna Y al evangelio De su luz enferma..."
II
La errancia afectiva.
Francois Sauvagnat, psicoanalista francés identifica cierta ambigüedad en el termino errar. La primera viene del latín errare que significa equivocarse o extraviarse. La segunda es un verbo antiguo que significa simplemente progresar, avanzar, caminar, en este sentido se decía igualmente oirre (en viejo francés). Es decir hay una errancia de orden circunstancial provocada por la economía, el autoexilio, ciertas condiciones de vida, que son solucionables. Hay otra que implica el destino con el cual se nace, como el de los gitanos, de origen cultural y que ellos aceptan naturalmente. La otra errancia es una maldición y trampa. La errancia de los hijos de Caín, la errancia como condena, o la errancia de la jungla maldita, en referencia a la urbanización y el sistema globalizado posmoderno. Aunque Lacan la denominaba errancia de estructura simbólica, encarnada, al asignarse un lugar al sujeto, dictaminada por el deseo del otro, en cierto modo dicha errancia puede ser predeterminada y desconectada de toda realidad aprehensible. Los judíos, por ejemplo, según interpretan los exegetas cristianos, atrajeron hacia sí mismos la condena de la errancia Cainiana cuando pidieron la muerte del Cristo y aceptaron que cayera sobre ellos y sus hijos maldición si se cumplía con su deseo.
Carlos, habla de esa errancia, pero originada en los excesos y trampas de su generación, la que sobreviene de forma fatal, así... en un ejercicio de predistigitación poética, éste mueve los hilos de ese desarraigo y los ata al simbolismo mítico del ser que no escapa a su propio sino, cuando exclama:
"En medio del mar sin patria Mover los brazos desquiciados Como alas en la arena: SOBRE MI CABEZA SE ALEJA ELLA CON LAS MANOS REPLETAS DE PECES".
Me detengo en la imagen de los peces que lleva la mano de la mujer mientras se aleja, porque ello refleja otra de las características del poeta...el uso del simbolismo mitológico para enriquecer su poesía y liberarla de la inmediatez. En la mitología astral tenemos el signo de Piscis o los dos peces, y su origen puede remontarse a varias leyendas, una de ellas nos dice que aterrados por el gigante Tifón, Venus y Cupido se arrojaron al río Éufrates y se convirtieron en peces. Para conmemorar este acontecimiento, Minerva colocó a los peces en el firmamento. Los babilonios conocían esta constelación como Kun, o las colas; también se le conocía como la Traílla, a la que fueron atadas las dos diosas peces, Anunitu y Simmah. El poeta utiliza la imagen de los peces salvadores como arquetipo de la errancia, la nostalgia de la patria perdida, manifiesta en "los brazos desquiciados", en el alejamiento de su diosa-amante, que se lleva en las manos los peces de la salvación, el afecto, la identidad, y de los orígenes. En otro poema titulado Azul y Destrucciones, vuelve el poeta a jugar con los peces, esta vez simbolizando la muerte de la esperanza.
"Con el corazón deshubicado, con el corazón lleno de silencios y peces muertos. "Como un instrumento de cuerdas arrojado al océano desde un barco que se aleja"
III Errancia y carencia de Eros.
Ese hombre que lleva marcado en su frente el signo de la errancia, cohabita, sobrevive, ama, odia y sueña condicionado por todas las cosas que son también una extensión de ese sino, la mujer que siempre es una extraña, cuya anima es un enigma:
"En la escasez De su tierra La encontré silenciosa Como una alhaja Desde siempre Extraviada Y opaca Como una moneda en el fondo del agua".
En el discurso de Agatón del Banquete de Platón puede leerse la errancia asociada a la carencia del Eros. "Eros es el que da paz a los hombres, calma a los mares, silencio a los vientos, lecho y sueño a la inquietud. El es el que aproxima a los hombres, y les impide ser extraños unos de otros... " La errancia entonces, como señala Patricia Mazeau De Fonseca," es la metáfora de ese incansable viaje interno en la búsqueda de la unidad del yo alumbrado por el deseo del otro". Errancia que puede ser aliviada por el Eros, pero nunca mitigada por completo. En el poema Invocación encontramos esa paradoja:
"Ven oliendo a destierro, a cadenas, a saliva compartida, a genitales furiosos, a relámpago.... "
Y luego concluye:
"Ven vamos a terminar el obligado sacrificio en esta mesa de rehenes."
IV Errancia...Teatro del deseo.
Si el Eros actúa como flujo y reflujo de la errancia existencial, aliviándola, adormeciéndola, es natural que su valor se traduzca en prolongación y diseminación de la identidad, fruto procreado o deseo de pertenecer y poseer en el otro lo que es inasible. Y no es extraño entonces que ese deseo del otro, empuje a vivir y/o sobrevivir en el continuo teatro del deseo: las nebulosas fronteras del sueño, la utopía, la "esperanza mitológica", y tal como dice el poeta en el poema "Bodegón":
" sujetos al pudor, al desgaste/a la contemplación del tiempo detenido/como veleros en la noche sin tiempo."
Conclusión
El poeta Carlos Roberto crea y llena las expectativas en este libro, al presentar en forma cronológica, pero invertida esta recopilación (comienza con los últimos poemas y termina con los primeros que ha publicado,) con ello nos sugiere que el final no es el final, que el origen es el verdadero final, allá en donde se balbucean los primeros sonidos, donde se aprende el secreto de las palabras y se aprende con ellas a sobrellevar la marca de Caín: la errancia que el postmodernismo ha redoblado y obliga a cargarse como cruz en carne viva. El titulo del libro indica que el poeta es reflejo de ese tiempo circular: Aún, es decir, todavía, hasta este momento, el peregrinaje sigue su agitado curso mientras el poeta, cabizbajo, trémulo, estertóreo, da fe de esas errancias. Como bien reza el bolero popular: Que más puede decir un trovador?
tomado de: http://www.mangulina.blogspot.com/
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